Odio no-no-no…Amor sí-sí-sí

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Yo no viví el Golpe, de hecho, como muchos fachos dirían hoy, no estaba ni siquiera en los planes de mis padres (aunque claro, nunca lo estuve, pero ese no es el tema), es quizás por eso que no crecí con miedo a Pinochet. Mi abuelo, que estuvo en clandestinidad, que fue preso político y  por ende torturado hasta el hartazgo, vive con justo miedo a la dictadura y sus resabios. Creo yo, que nadie podría juzgarlo.

Esto puede sonar trivial pero en mi mente de cabra chica, Pinochet siempre fue una especie de Voldemort…mis fantasías infantiles versaban sobre un héroe colectivo que cobraba la peor de las venganzas a quien había sido el causante de tanto horror, de tanto mal.

Mi tránsito fue más o menos así:  pasé por la total perplejidad de no entender por qué cresta alguien se arrogaba el derecho de quitar vidas a otros, así por el simple hecho de pensar el mundo de manera distinta. Luego, por la pena infinita al comprender que miles seguirían siendo asesinados (metafóricamente hablando) todos los días a causa de la invisibilización de sus muertes en aras de la gobernabilidad y de la democracia… y por último, llegué a un estado de rabia enorme frente a todo lo que fue y que, peor aún, sigue siendo la dictadura hoy en día. Sé que esto último puede sonar terrible porque, efectivamente,  no presencié en carne y hueso la atrocidad esos años, sin embargo, como dijo antes que yo una buena amiga, día a día vivimos en la tétrica máquina que se conformó tras el Golpe y cuyos engranajes no demoraron en aceitar los nuevos rostros tras el retorno a la democracia.

 Vivimos con la tristeza de madres y padres  que esperan a sus hijos o con el dolor de ver las secuelas de la tortura en quienes amamos… Entonces, frente a este último estado, que guarda un poquito de los dos anteriores, hay quienes hoy día creen insultarme diciéndome resentida, incluso  hay gente de esa izquierda-súper-progre que no puede entender cómo, de alguna forma, he asumido ese resentimiento como parte de mi identidad política. Naturalizando el discurso de la reconciliación, les parece absurda la incomodidad frente a la injusticia (no solo aquella relacionada con la violación de los DD.HH., sino que a sus variantes económica, social, etc.), porque ser progresista y  respetar la democracia pasa, según ellos, por librarse del odio y de la pena que nos causa el estado actual de las cosas (como diría la Abuela Pamela Jiles: ODIO NO, NO, NO – AMOR SÍ, SÍ, SÍ), y como ser progresista está de moda debemos seguir al pie de la letra su manifiesto. Esto último me parece vomitivo, en serio.

Sin el ánimo de querer hacerme la shuperlocaintelectual, el mismo Eric Hobsbawm deslizó por ahí la idea de que el resentimiento fue (y sigue siendo, según yo) una forma primigenia de resistencia, lo que en algún momento aunó ciertos movimientos sociales…entonces ¿Por qué no reivindicar el resentimiento? ¿Por qué tener que dar las gracias cada vez que nos patean el culo?

Como les dije anteriormente, yo no crecí con miedo a Pinochet, crecí con una rabia que aumenta todos los días al ver que después de habernos despojado de todo lo esencial (desde nuestras familias hasta nuestros sueños) quieren quitarnos, incluso, el legítimo derecho de estar emputecidos.

Carmela

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