Ser Feliz con tan poco.

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Este fin de semana fue como pocos. Cuatro días fuera de las rutinas, sin despertador, sin computadores (bueno, en mi caso no tanto), sin horarios.  Me pasa que en las mañanas suelo odiar la vida por haberme hecho estudiar muchos años para después haberme vendido como una puta (sin ofender a las putas) a un sistema que odio. Pero estos cuatro días de relajo de verdad me hicieron apreciar la vida sencilla, y no, no hablo del antiguo reality de Paris Hilton y Nicole Richie, sino que de The Real vida sencilla. Estaba sentada en la mesa después de almorzar, mirando a mi pololo lavar la loza, en medio de un desorden al más puro estilo huracán Katrina, y me sentí feliz. Y no fue de esa felicidad onda “gracias a dios, a mi novio le gusta lavar la loza”, sino que de paz, de pensar que aunque sumidas en un montón de problemas, a esta edad, tal vez lo más difícil sea afrontar que nos estamos volviendo adultas y las responsabilidades empiezan a pesar, pero por otro lado, es rico detenerse y respirar, y darse cuenta que hemos ganado más de lo que hemos perdido. A veces vale la pena apreciar esos regalos que nos hace el universo, porque en ellos radican los verdaderos momentos felices, y de pronto, estos momentos de paz, por la que algunos pasan sus vidas buscando, están bajo nuestras propias narices.

La gata romana.

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